Desde que los romanos acuñaron la palabra "auctoritas", en la tradición cultural de Occidente la noción de autoridad constituye uno de los términos cruciales de la teoría política, donde se emplea en relación estrecha con la noción de poder. La situación actual sin embargo es más compleja e intrincada.

Mientras es generalmente conservada su relación con el concepto de poder, la palabra autoridad ha sido reinterpretada de diversas maneras y se ha utilizado también con significados notoriamente diversos. Algunas veces se ha negado, explícita o implícitamente, que existe el problema de identificar la autoridad y de describir sus relaciones entre autoridad y poder, sobre todo por parte de los que han usado “poder” y “autoridad” como sinónimos. Sin embargo la tendencia en gran medida más general, es la de distinguir el poder de la autoridad, considerando a esta última como una especie de género “poder” o también, aunque más rara vez, como una simple fuente de poder.

La autoridad entraña, pues, por una parte, la aceptación de la obligatoriedad de la obediencia incondicional y, por la otra, la pretensión a tal obligatoriedad o —lo que es lo mismo- al derecho de encontrar una obediencia incondicional. En este sentido se puede construir un tipo “puro” de autoridad: una relación de poder basada exclusivamente en la creencia en la legitimidad.

Así pues, si la autoridad como tipo puro constituye la forma más plena de poder socialmente reconocido y aceptado como legítimo, en la realidad de la vida social y política la autoridad resulta a menudo contaminada y presenta, bajo diversos aspectos, una ambigüedad característica. Esta última puede ser generadora de violencia, en la medida en que la creencia de algunos en la legitimidad permite el empleo de la fuerza sobre los otros; puede ser falsa en la medida en quela creencia en la legitimidad no es una fuente sino una consecuencia psicológica de la situación de poder que ésta trata de ocultar o de deformar; puede ser sólo “aparente” en la medida en que el titular legítimo del poder no detenta el poder efectivo; y puede transformarse en “autoritarismo” en la medida en que la legitimidad es objetada y la pretensión del superior al derecho de mandar se convierte, a los ojos de los subordinados, en una pretensión arbitraria de mandar.


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