La cogestión y la autogestión son probablemente dos de las experiencias innovadoras más importantes en la gestión pública siendo más evidente en el ámbito municipal. Entre sus mayores bondades destaca la de fomentar e incorporar la participación de los ciudadanos, de forma individual o colectiva, al conjunto de tareas que el gobierno suele realizar.

La cogestión, llamada también por Cabrero “cogestión institucionalizada”, se caracteriza por la existencia de una infraestructura administrativa que propicia la participación de los ciudadanos y su interacción con el gobierno. Así, mediante la creación de consejos (instancias de participación de actores agrupados en sectores sociales), comités y asociaciones (agrupaciones de carácter comunitario) se busca incorporar a los ciudadanos no solamente en la ejecución de las políticas públicas, sino en todo el proceso de decisión y construcción de alternativas.

Por otro lado, a diferencia del proceso anterior donde los mecanismos de participación ciudadana son construidos y fomentados desde las instancias gubernamentales, la autogestión o “autogestión comunitaria” se desarrolla de forma invertida, es decir, consistente en “formalizar” un conjunto de prácticas preexistentes. Dado que la participación ciudadana forma parte de las costumbres y tradiciones de una comunidad determinada, en este caso el reto del gobierno municipal radica en conservarla e impulsarla con la finalidad de involucrar a la ciudadanía en proyectos gubernamentales de mayor alcance, empero, sin violentar en demasía sus características organizacionales esenciales.
En la sociedad de industriales gobernadas según los ordenamientos democráticos se plantea el problema de instituir derechos del ciudadano como miembro de la comunidad política, y los trabajadores como miembros de la comunidad económica. La participación de los trabajadores en la gestión de la empresa puede llevarse a cabo de diferentes maneras y a distintos niveles; la cogestión constituye el marco del sistema capitalista.

De cualquier manera, la implementación de dichas experiencias no está exenta de dificultades; por ejemplo, la cogestión es factible siempre y cuando el sistema de participación ciudadana no sea un mecanismo rígido que, por el afán de direccionar la participación, termine por inhibirla. Algo similar puede decirse de la autogestión: dado que es un modelo que sustenta su funcionamiento en las características autóctonas de una comunidad, difícilmente puede trasladarse a otra cuyas tradiciones sean incompatibles.
En resumen, las experiencias innovadoras en la gestión pública que involucran de forma decisiva la participación de los ciudadanos, pueden ser exitosas en la medida en que los gobiernos nacionales y locales, construyan sus propios mecanismos de participación en función de las características de su población.

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